martes, 20 de diciembre de 2011

Levántate.

¿Tú oyes como late mi corazón?
Yo no, se debe haber descargado.
O no, quizá sí se perciba el fantasma de un latido.
Y todavía se quedará así un tiempo.
Me tocará acordarme de él y será triste o quizá sea bonito, será ridículo o quizá sea muy serio.
Me acordaré de él, de lo que hubo y de lo que no  habrá, de lo que me hubiera gustado que hubiera y no había.
Sin embargo, esta noche me hago una promesa: nunca más dejaré que me tomen el pelo, ni me arreglaré para ir a una cita, ni esperaré llamadas que nunca llegan, ni me pondré a imaginar su sonrisa, su nariz, su pelo; ni me moriré de pena, ni me preguntaré si quiere un beso o algo más, si es que llega el momento de perder la cabeza.
Amaré las canciones, los libros, el mar, las puestas de sol, los árboles... Sé que siempre estarán ahí para mí.
El amor de los hombres es distinto, se va moviendo, va pasando de una cama a otra. ¿Y dónde está él ahora?
Quizá ya ha vuelto a su casa, a sus sábanas, y quizá, por un segundo, él también se lo pregunta: ¿por qué?
¿Por qué se acaba? Y sobre todo, ¿por qué empieza?
Cenas de sonrisas, piernas cruzadas, manos que se sienten solas... ¿Por qué empieza?
Con las personas más absurdas, con esas que si las conoces las evitas, con esas con las que nunca funcionará aunque te parezca por un instante que va de maravilla... ¿Por qué empieza?
No consigo encontrar una respuesta válida, ni una sola.
Y pienso que me he equivocado en todo, desde el primer momento. Y me preguntó qué habría pasado si hubiera aceptado su cita, si hubiéramos hablado, si no hubiese decidido acabar con todo, si le hubiera enviado más mensajes de esos que le gustaban, si no hubiera apartado su cuerpo del mío esa vez, esas veces...
Quizás hubiera sucedido lo mismo, quizá no.
Quizás haya sido mejor así.

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