Llevaba una camiseta de tirantes, y no me había cogido el abrigo. Involuntariamente, empecé a tiritar. Él se dio cuenta.
-¿Tienes frío? –me preguntó.
Yo asentí con la cabeza, esbozando una tímida sonrisa. Él comenzó a quitarse la chaqueta.
-¿Qué haces? –quise saber, extrañada.
-Pues darte la chaqueta, acabas de decir que tienes frío –me contestó, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Yo me quedé boquiabierta. Nunca ningún chico me había ofrecido su chaqueta, y menos nada más conocerle. Estaba acostumbrada al típico egoísmo masculino.
-¡No, ni se te ocurra! –exclamé, sujetándolo para evitar que se la quitase del todo. –Si me la das, quien tendrá frío serás tú.
Él se liberó de mis brazos con suavidad y se deshizo de la prenda.
-Prefiero pasar frío yo antes de que lo pases tú –me dijo, con voz dulce.
Aquella frase me dejó todavía más asombrada. ¿De dónde salía aquel chico? Creía que esa caballerosidad solo era un mito, que ya no había hombres así. Maravillada, dejé que me metiese los brazos por las mangas y que me cerrase la cremallera hasta arriba, con unos movimientos que me parecieron tiernos.
-Si me permites, me voy a echar un meo, que ya no puedo aguantar más. Ahora mismo vengo, no te vayas, eh.
Lo vi alejarse hacia una esquina, en camiseta de manga corta. Ahora era él quien tiritaba. Mi amiga se me acercó sin que me diese cuenta y me tocó en el hombro.
-¿Qué pasa? –me preguntó, con una sonrisa traviesa.
Yo me giré hacia ella.
-¿Has visto lo que acaba de hacer? Impresionante, creo que se está muriendo de frío ahora mismo.
-Parece que le gustas.
Sentí que un escalofrío recorría mi cuerpo cuando oí esas palabras. Intenté convencerme a mí misma de que era por el frío.
-No digas tonterías, solo está siendo amable… Demasiado amable.
Suspiré, pensativa. Pero entonces alcé la cabeza y lo vi venir, sonriente. Le devolví la sonrisa y todos los malos pensamientos se alejaron de mi mente.
-Ya he terminado. Ahora ya no soy un puñetero subnormal congelado que se mea… Solamente soy un puñetero subnormal congelado.
Me mordí el labio, sintiéndome culpable, y comencé a bajarme la cremallera de la chaqueta.
-Eh, para –me sujetó las manos con las suyas, y sentí su tacto en mi piel. Me estremecí y alcé la mirada hasta encontrarme con sus ojos. Él me sonreía. –No te voy a negar que tenga frío, pero no quiero que te quites la chaqueta.
-Entonces, ¿qué puedo hacer? No voy a dejar que tú te congeles mientras yo estoy aquí calentita.
Él esbozó una sonrisa pícara.
-¿Qué te parece si me das un poco de calor corporal?
No pude evitar que se me escapara una carcajada. Aquel chico rebosaba naturalidad y parecía que se había dejado olvidada la vergüenza.
-Pero… serás aprovechado. ¿Se puede saber qué quieres?
-Me conformaré con que me abraces.
Sin dejar de sonreír, y sin pedirme permiso, me rodeo la cintura con su brazo. Cuando quise darme cuenta, yo había hecho lo mismo con el mío. Y así, cogidos el uno del otro, echamos a andar siguiendo a los demás, que ya estaban bastante por delante de nosotros. Ahora la conversación se había reducido a dos interlocutores. Él y yo nos hablábamos en un tono más bajo, mucho más íntimo.
-Puedo conseguirte dos entradas para el concierto de mañana, si quieres –me dijo. –Y totalmente gratis.
-Vaya, ¿de verdad? No quiero parecer interesada, pero eso sería genial.
-Solamente lo hago porque eres tú, eh…
Sonreí.
-¿Y qué tengo yo de especial?
De pronto, él puso su otra mano en mi cintura y tiró de mí hasta colocarme frente a él. Nuestros rostros casi se rozaban. Se me aceleró el pulso.
-Mucho –dijo, mirándome a los ojos.
Por un momento sentí ganas de besarle. Bajé la cabeza, turbada. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué coqueteaba de aquella manera tan descarada con un desconocido? Pero en realidad, parecía que lo conociera de toda la vida. Desde luego, a ojos del resto de la gente, esa sería la impresión que daríamos, la de dos adolescentes que se conocían bien, que mantenían una relación, la de dos novios. Noté calor en mis mejillas y me obligué a mí misma a soltar su mano de mi cintura y dejar el abrazo como estaba antes. Él no dijo nada, sino que siguió sonriendo como si el gesto no le molestara lo más mínimo.
Seguimos hablando durante un rato. Yo seguía amarrada a él y le apretaba la cintura cada vez que notaba que temblaba de frío. Hacía tiempo que no me sentía tan bien, tan libre y alejada de mi vida real.
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