Miro la pantalla del ordenador. Documento en blanco. Y nada más poner un dedo sobre una tecla me invade una ansiedad que no puedo controlar. Y se me llenan los ojos de lágrimas. Y me ahogo. Y siento un vacío en el pecho que me grita que ya no estás. Y tengo que cerrar el ordenador de golpe.
Es la primera vez que escribo en dos meses. Y solo me sale esto, una triste súplica al tiempo pidiéndole que me deje hacer trampas y avanzar hacia atrás. Rogando a quien quiera escucharme que esto solo sea una pesadilla, y que de repente me despierte en mayo de 2010. Y tus labios rozándome las pestañas. Y tú. Y yo. Y tus dedos acariciando lo más prohibido de mi cuerpo. Y tu aliento en mi cuello susurrándome un Te Quiero. Y el azul de tus ojos clavándose en los míos. Y tu cuerpo, y tus manos. Y mi boca recorriéndote entero. Y tu pelo. Y esa sonrisa, y tus promesas. Amor eterno. Estaremos juntos siempre. Solo tú. Nunca voy a dejar de quererte.
Pero no voy a despertar. Mi realidad es que tengo que afrontar tu ausencia día a día, y repetirme mil y una veces que ya no estás, y no vas a volver a estar. Y que yo te necesito, y que yo te dejé marchar. Y que ya no quiero volver a sentir, nunca más. Y que no veo futuro, y que no quiero futuro. Que lo único que quiero es estar entre tus brazos, porque a tu lado nunca me sentía sola. Y que por mucho que me lo repitan no creo que pueda encontrar a otro como tú, ni quiero hacerlo. Solo quiero meterme en la cama y no volver a salir.
Vacío. Ausencia. Nada.
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